Foto: Tamara Mares.

Tatuar sin miedo

Construir espacios para ellas, sin esperar a que ellos cambien, es el motor de múltiples iniciativas impulsadas por mujeres tatuadoras cansadas del acoso sexual y laboral.

Como muchos sectores de la vida social, la boyante industria del tatuaje reproduce violencias machistas, disparidad e inequidad, ante las cuales muchas mujeres han reaccionado creando sus propios estudios refugio.

Por Paulina Márquez, Tamara Mares, Monserrat Landa y Pablo Padilla

Yohali Pinacho tardó varios minutos en encontrar el estudio de tatuaje Casita Sololoy en el centro de la ciudad de Puebla. Estaba harta del ambiente competitivo y hostil fomentado por el dueño del estudio en el que estaba, quien además criticaba, únicamente a ella, la calidad de su trabajo. Por eso le emocionaba la posibilidad de colaborar en un espacio exclusivo de mujeres tatuadoras.

Una de las claves de este lugar es que opera de modo privado para no comprometer la seguridad de las tatuadoras y sus clientas. Nadie conoce su ubicación sino hasta que se concreta la cita, de tal manera que Yohali, alias Garabattoo Chinicuil, debió tocar varias puertas antes de dar con el sitio. Pero una vez ahí, se sintió “feliz”.

Con plantas sobre repisas de madera, las paredes del sitio están decoradas con murales hechos por artistas locales en colores rosas, amarillos y anaranjados. Dos habitaciones se han adaptado con camillas, luces de aro, mesas con tintas, guantes desechables, recipientes de plástico, toallas y líquidos antisépticos.

Casita Sololoy, proyecto fundado por Giovanna Gayosso y Brisa, es un estudio seguro para que las mujeres desplieguen su talento libre de violencias.

La industria del tatuaje mexicana no está exenta de machismo ni misoginia. Las mujeres que desean desarrollarse artística y profesionalmente en este círculo enfrentan circunstancias que colocan en riesgo su seguridad física y emocional.

Ante el acoso laboral y sexual, las mujeres tatuadoras han decidido no sólo denunciar sino dar un paso más: construir espacios seguros donde ellas y sus clientas puedan disfrutar del proceso creativo.

Giovanna y Brisa concibieron la idea de fundar Casita Sololoy a partir de una experiencia personal. En el sitio donde Giovanna y Jackie tatuaban, Jackie vivió una experiencia incómoda con uno de sus compañeros, quien se acercaba a ella y la tocaba innecesariamente en la cintura y los hombros. Además, a pesar de que las dos tatuadoras eran socias del espacio, no podían participar en las decisiones sobre cómo manejarlo.

Así que el momento clave para dejar el estudio llegó cuando se enteraron de que su socio había acosado a una clienta: la jaló e intentó besarla durante la sesión. Jackie se dio cuenta que estaba trabajando en un sitio en donde las mujeres no estaban seguras.

“Muchísimas morras pasan por acoso cuando se están tatuando y eso se normaliza. Se piensa algo así como ‘ok, no pasa nada’”. Jackie no cree en ello: “No, no tiene por qué ser así. El tatuaje debe hacerse siempre desde el respeto; nosotras lo tenemos muy claro aquí, en el estudio”.

Giovanna y Brisa buscaron un sitio y, finalmente, fundaron Casita Sololoy en noviembre de 2020. Cuatro meses después de su fundación, Giovanna recibió a Garabattoo sin saber que iba a pedir trabajo.

“Me preguntó ‘¿te quieres tatuar algo?’. Le dije ‘no, de hecho, vengo a pedirte chance de trabajar aquí, yo tatúo’”, recuerda Garabattoo entre risas.

De 25 años, la joven le contó a Giovanna sus experiencias profesionales más recientes, y ésta accedió a darle un espacio en Casita Sololoy, sin ni siquiera pedirle ver su portafolio.

Yohali había recibido en otros estudios la oferta de contar con un espacio para tatuar a cambio de comenzar una relación sentimental, además de que estuvo sometida constantemente a estrés y ansiedad por las constantes discusiones con un compañero tatuador.

Ahora es muy distinto. “Me siento comprendida. Es un espacio de contención muy cañón. Me siento especial; te dicen que todas somos iguales, y sí, somos iguales”, cuenta Yohali sobre la experiencia vivida en los cuatro meses de estar tatuando en Casita Sololoy.

“Va más allá de contar con un espacio para tatuar; se trata también de empatizar”.

Casita Sololy
Casita Sololoy
Casita_Sololoy_Estudio de tatuajes
Casita Sololoy
Casita Sololy_ Estudio de tatuajes
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Casita Sololoy
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Boom del tatuaje, pero sin regulación confiable

La visibilización del acoso y la violencia en esta industria ocurre en un contexto en que el tatuaje vive un boom en México. Cada vez hay más estudios en colonias y barrios de muchas ciudades del país y un mayor número de mujeres y hombres se dedican profesionalmente a tatuar.

Por lo demás, portar un tatuaje ha comenzado a normalizarse en todos los estratos sociales. Las pocas cifras oficiales que existen dan cuenta de ello: uno de cada 10 mexicanos, es decir, unos 12 millones de mujeres y hombres, admiten estar tatuados, según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred).

Sin embargo, la información disponible sobre las y los tatuadores que cuentan con la tarjeta sanitaria (requisito indispensable para operar un estudio) emitida por la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) habla de que la mayoría opera irregularmente.

Al 14 de julio de 2021 se habían entregado apenas 487 tarjetas sanitarias en todo el país, de las cuales 404 pertenecían a hombres y las restantes 83 a mujeres, según los registros de Cofepris.

El bajo porcentaje de tarjetas sanitarias entregadas a mujeres (sólo 17 por ciento) permite dimensionar la brecha de género en el mundo del tatuaje.

A eso contribuye que no existe una regulación real de esta actividad. Como en otros sectores, la informalidad es casi la regla: el acceso a seguridad social, sueldos fijos, prestaciones y derechos laborales son muy restringidos.

La mayor parte de quienes se dedican al tatuaje forman parte, en realidad, de los 12 millones de trabajadores independientes que existen en México, según reporta el más reciente registro del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Algunas tatuadoras están convencidas de que la Cofepris no busca regular a quienes poseen las habilidades y conocimientos sanitarios para tatuar de forma segura, sino que sus tareas tienen como propósito central recaudar recursos.

“La Cofepris es una mafia horrible que te hace pagar mucho dinero y te pone un buen de trabas. Nació para sacar dinero y no para tener un control”, comenta Ilse Argüero, tatuadora y artista originaria del Estado de México.

‘‘Si coges con ellos sí puedes ser aprendiz’’

“Hace falta que te cojan”, “¿por qué estás de malas? Seguro andas en tus días”. Cuando Ilse entró como aprendiz de tatuadora a uno de los estudios más populares de la Ciudad de México, no pensó que escucharía este tipo de frases y que su experiencia en el estudio Ink Inc estaría marcada por violencia laboral y de género.

Ink Inc tiene varias sucursales en la Ciudad de México; es el “McDonald´s del tatuaje”, dice Ilse, quien a los 18 años decidió tocar la puerta del estudio ubicado en la colonia Condesa.

“Me sentí muy emocionada, era un estudio famoso al que llegaban artistas y músicos a tatuarse”, relata. Pero durante el mes en que estuvo ahí, en ningún momento aprendió a tatuar. Al contrario, el ambiente de fiesta, comida, alcohol y drogas la hacía sentir más vulnerable e insegura. Además, la línea entre jefe y empleados era borrosa.

Cuando Ilse dejó el espacio se sintió aliviada, como si se hubiera librado de algo, y decidió enfocarse en sus estudios universitarios.

En 2020, el dueño de Ink Inc fue denunciado públicamente por violación y a la fecha está en curso un proceso legal de denuncia.

En los estudios en los que se practica el tatuaje tradicional, la dinámica aprendiz-tatuador está definida por situaciones de violencia y explotación laboral. Es común que las principiantes reciban sus pagos atrasados, o que las obliguen a hacer tareas no relacionadas con la profesión, como comprar comida, pintar las paredes del local, llevar las mascotas del dueño del estudio al veterinario o esperar a que el maestro coma para que el aprendiz pueda comer.

Cuatro años después, una vez concluida la universidad, Ilse decidió retomar el tatuaje como profesión. Probó suerte en otros estudios, donde tampoco se sintió cómoda.

Algunos de los clientes que llegaban al local, sobre todo hombres mayores, ni siquiera la miraban a los ojos cuando ella los atendía, dudaban de su capacidad como mujer y tatuadora. “Me di cuenta de que mi apariencia influye mucho. Me veo pequeña y soy muy delgada. Estoy segura de que pensaban ‘¿qué va a saber ella de tatuaje?’”, cuenta la artista.

Ilse veía cómo sus colegas hombres, al momento de tomar las fotos de sus tatuajes terminados en zonas como el brazo o la costilla, pedían a las clientas que se quitaran todo menos la ropa interior. “Eso es completamente inaceptable”, dice Ilse con enojo, “con alzar una parte de la playera es suficiente, no necesitas que la clienta se desvista”. 

Apoyadas en la idea de ocupar un lugar en la industria del tatuaje, algunas mujeres cambian sus comportamientos. Desarrollan –de manera consciente o inconsciente– mecanismos de resistencia que les permiten negociar un espacio y desarrollar su carrera profesional: hacerse “las fuertes, rudas, groseras” para crear barreras y evitar que se aprovechen de ellas.

“Si eres aprendiz mujer, tu apariencia determina cómo te va a tratar la gente. Te llegan a decir que si coges con ellos, sí puedes ser aprendiz; de otra forma, no”, comparte la tatuadora.

A pesar de la creación de estudios seguros y libres de violencia, no todas las tatuadoras tienen acceso a ellos. “Tengo el sueño de liberarme de esta inseguridad, de sentirme cómoda y trabajar solamente con mujeres”, comenta Ilse. “He visto que varias tatuadoras están abriendo espacios así, pero a mí todavía no me toca esa experiencia”. 

Repensar dinámicas de aprendizaje

Dollhouse Studio es un espacio seguro para rayar y rayarse. Cristina, también conocida como Dolly PiercINK, es fundadora del primer estudio de Xalapa, Veracruz, en el que únicamente trabajan y tatúan a mujeres.

Dolly decidió abrir en octubre del año pasado, a pesar de que el país se encontraba en plena pandemia, y crear un espacio de trabajo sustentado en la confianza y el apoyo de sus colaboradoras.

Bkinga fue de las primeras mujeres en llegar a tatuar al estudio de Dolly, a quien conoció a través de redes sociales. Desde el principio hubo un cambio sustancial: no se le delegó ninguna tarea relacionada con el hecho de ser mujer. En trabajos previos, le asignaban tareas de administración y debía recibir a los clientes porque, según su jefe, “estaba bonita y así podría atraer más personas al local”.

Además de impulsar la formación de mujeres en el gremio, Dolly, de 26 años, quería dejar de reproducir las dinámicas tradicionales de aprendizaje. Por ello, los miércoles hacen un “círculo de habla y escucha” para convivir entre ellas y evitar que se afirmen tendencias ególatras y de competencia que, según Dolly, son la raíz de la hostilidad en los estudios.

“La esencia del círculo es un acto de protesta”, explica Dolly, “tiene como propósito desaprender que una colega será mi competencia, que otra mujer es mi enemiga”.

Es una práctica reciente, puesta en marcha apenas hace un mes. Todos los miércoles cierran temprano y se sientan en círculo. El tiempo asignado a cada una se modifica dependiendo del número de asistentes. Si participan cuatro chicas, cada una puede compartir lo que desee durante 15 minutos. No se dan consejos ni sugerencias no pedidas. Claro, puede entablarse un diálogo y retroalimentación por parte de las demás.

Dolly recuerda muy bien la primera sesión: “De la nada, me di cuenta de que ocho chicas estábamos llorando tras analizar las veces que atravesamos por las mismas situaciones, pensando que estábamos solas, pero al hablar y ser escuchadas nos vinculamos y somos más que solo colegas”.

Mariana y Sophia, de 23 y 18 años respectivamente, empezaron a tatuar hace seis meses en Dollhouse. Ambas se sienten libres y protegidas dentro del estudio. Ésta es su primera experiencia en un estudio profesional y ha sido muy distinta a la de otras mujeres. No tienen miedo de preguntar ni de pedir consejos a otras tatuadoras; el aprendizaje es colectivo y horizontal.

Ambas son aún estudiantes. Mariana está por concluir la licenciatura en Diseño de la Comunicación Visual en la Universidad Veracruzana. Sophia concluyó la preparatoria y tiene experiencia haciendo ilustraciones.

Su estilo de dibujo, diseño y tatuaje no existirían en otros espacios más masculinizados, en los que, dicen, se perpetúan clichés del tatuaje tradicional.

Mariana dibuja flashes pequeños y caricaturizados, personajes de caricaturas y cómics. Sophia hace diseños con referencia a la botánica y la naturaleza, piezas grandes de hojas delgadas con líneas gruesas.

Denuncias, encubrimiento e impunidad

Hace algunos meses, a principios de 2021, surgió una cuenta en Instagram en la que se denuncia a tatuadores a los que se responsabiliza de cometer actos de violencia sexual y laboral.

Los creadores y las creadoras de la cuenta llamada @predator_tattoers_mexico subieron fotografías de distintos hombres, a cuyas imágenes añadieron una etiqueta blanca con letras rojas que advierte en mayúsculas: “cuidado!!”, “violador!!” o “acosador”.

Las publicaciones incluyen el nombre, sobrenombre, estudio y ciudad donde ejerce el presunto agresor, así como las violencias cometidas, desde misoginia, agresiones psicológicas y físicas, solicitud de relaciones como método de pago por un tatuaje, hasta violación y agresiones sexuales.

Además de compartir las denuncias que reciben, las y los administradores de predator tattooers difunden información relacionada con violencia de género, cómo identificarla y qué hacer ante ella.

Las publicaciones exigen a los estudios de tatuaje que asuman el compromiso de garantizar la seguridad de las personas que acuden a esos espacios, pues al no actuar “permiten que el depredador siga agrediendo y se convierten en cómplices de la violencia”.

Esta cuenta no es la única de su tipo: en Estados Unidos, Chile, Brasil, Alemania, Bélgica, Suiza e Italia surgieron perfiles similares con el fin de prevenir y proteger a mujeres que desean hacerse un tatuaje o cualquier tipo de modificación corporal.

A raíz de su creación, las y los responsables de la cuenta han recibido diversas amenazas, por lo que prefieren no dar entrevistas para preservar la seguridad de sus integrantes.

Fernanda, estudiante universitaria, quería tatuarse con una persona que no estaba denunciada, pero al darse cuenta del acoso que prevalece en la industria, decidió hacérselo con una mujer para sentirse más segura. 

En el caso del gremio de tatuadores, la creación de la página trajo a la conversación “todo aquello que se sabía, pero no se nombraba”.

Las mujeres tatuadoras que han vivido violencias aseguran que denunciar es como lanzarse al vacío. Para hacerlo, desde el anonimato o con su nombre, es necesario pasar por un proceso de aceptación, contar con redes de apoyo, entender que lo ocurrido no fue culpa de la víctima.

Quienes denuncian, aseguran, se encuentran en una segunda situación de vulnerabilidad: además de las violencias vividas, algunas de ellas reciben amenazas, comentarios violentos y misóginos después de hacer pública su experiencia.

El enfoque de género y la cultura de la prevención no pueden darse por sentados en los estudios de tatuaje. Jimena Medina, alias Fuego Rosa, artista de la Ciudad de México, cuenta que en el estudio en el que trabaja actualmente se produjo una situación de violencia que involucró a uno de los integrantes.

“Ya no forma parte del espacio y las situaciones de violencia se dieron fuera del estudio, pero no colaborar con gente violenta es un compromiso que tenemos como tatuadores”, relata.

Esta decisión sentó un precedente: el estudio hizo pública la separación del tatuador. Fue una manera de dejar en claro que no será aceptado ningún comportamiento que atente contra la seguridad de las personas.

Los espacios de denuncia también constituyen, en su opinión, espacios de memoria. “Los casos no quedan completamente impunes. Es una herramienta importante, no basta con que te guste el trabajo de alguien, se trata de no cargar en el cuerpo con el trabajo de una persona violenta”, argumenta Fuego Rosa.  

Sin embargo, las denunciantes no siempre obtienen una respuesta favorable.

Paola Velázquez se hizo ella misma su primer tatuaje a los 14 años. Utilizó tinta china y aguja para coser. Lleva cinco años tatuando profesionalmente; pasó por dos estudios como aprendiz. En todos los espacios notó machismos y menosprecio por su trabajo, con el pretexto de que era muy joven y femenina para tatuar.

El año pasado, Paola sufrió acoso sexual por parte de un colega, quien era tatuador invitado en el estudio. Lo denunció ante su jefe y propietario del estudio, pero éste minimizó lo ocurrido. Al final, no hubo consecuencias. 

“Tienes que adaptarte y lidiar con hombres. Ellos no cambian, somos nosotras quienes debemos aprender a tratar en estos espacios”, lamenta Paola. “Incluso tratar con tu jefe, que te invita por unas chelas, en posición de amigo, pero controla tu agenda y comisiones en tus citas”.

Redes de mujeres frente a la inseguridad

Verona García, de 25 años, es maestra en Artes Visuales y se ha desarrollado en el mundo artístico. Aprendió a tatuar porque un amigo la invitó a un estudio, donde conoció a Valeria Alegría.

La pandemia dejó sin trabajo a Valeria, de 21 años, pero al poco tiempo recibió una invitación para unirse al espacio en donde trabajaba Verona. Después de un tiempo, las dos decidieron independizarse y formar su propio sitio.

En un momento en que hubo alertas por el acoso de algunos tatuadores en Morelia, lo que acentuó la desconfianza e inseguridad de las mujeres, Verona y Valeria comenzaron a idear un estudio de tatuaje donde las mujeres puedan sentirse a salvo y en confianza.

El V & V Studio Tattoo, fundado en 2021, se creó con el fin de proporcionar seguridad y bienestar a sus clientes, sean hombres o mujeres. Más que un estudio, las tatuadoras consideran que su sitio es cómodo y un lugar seguro al que las mujeres se pueden acercar, hablar sobre sus problemas y, en casos especiales, vincularlas con colectivas feministas para apoyarlas. 

“Tenemos que construir espacios para nosotras”

En otro rincón del país, al sur de la Ciudad de México, dentro de un pequeño departamento ubicado cerca de la colonia Ermita, se encuentra Un Cuarto Creciente.

Como su nombre anuncia, es un espacio autogestivo en crecimiento que busca albergar proyectos de mujeres artistas y ser un lugar seguro e íntimo para quienes desean tatuarse.

La tatuadora y artista Valeria Castilla, de 22 años, gestiona y cuida el espacio. Lleva varios años tatuando y se especializa en ilustración científica y botánica. Es feminista y su posicionamiento político incide directamente en su tarea como tatuadora. “Ahora existimos mujeres tatuadoras que denunciamos lo que ocurre; estamos rompiendo con el estado de las cosas”.

Ante la posición de quienes piensan que al denunciar públicamente a una persona se le arruina la vida, Valeria comenta que no es así: las mujeres no tienen el poder para arruinar la vida de un hombre denunciado.

“Mucho de lo que ellos hacen ni siquiera llegará a ser público y en los casos en que se lleve un proceso legal, lo más probable es que no sea sancionado”, lamenta.

En el ámbito artístico y del tatuaje occidental, se suelen justificar violencias con la idea de que hay que “separar el arte del artista”, pero en el tatuaje no se puede ser así, dice Valeria.

“Hay un contacto corporal directo entre la persona que agrede y la víctima”, enfatiza. “Quien tatúa no está trabajando en un lienzo, lo hace en un cuerpo y ahí es donde las violencias suceden”.

Valeria compara espacios como Un Cuarto Creciente con la creación de los vagones exclusivos en el Metro. “Tenemos que construir espacios para nosotras, no podemos esperar a que ellos cambien”

Un cuarto creciente
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“Los tatuadores tienen que educarse”

Julia Pérez Amigo, antropóloga cultural feminista, relata como el tatuaje en países occidentales ha sido una práctica predominantemente masculina. En la actualidad, las mujeres que desean adentrarse en la industria se enfrentan a un espectro de distintas dificultades, pero la mayoría de las experiencias están marcadas por el machismo.

“La popularización del tatuaje y su auge comercial promueven que las barreras impuestas en la industria, reflejo de la profunda desigualdad de género, desaparezcan. El primer paso para que estas situaciones cambien es hablar de ellas”, explica Julia Pérez Amigo, antropóloga cultural española especializada en el tatuaje, feminismo, el cuerpo de las mujeres y disidencias.

En los últimos años, el tatuaje se ha popularizado en países occidentales. Sin embargo, hasta hace poco las mujeres que tatuaban eran la excepción. Su incorporación a la industria ha tenido distintas respuestas por parte de quienes ocupaban la mayoría de los espacios, entre ellas, celos ante el hecho de que las mujeres se acerquen a la práctica.

“Algunos profesionales tienen miedo de que, ante la llegada de las mujeres a estos espacios, se empiecen a destapar y nombrar situaciones de abuso de poder, violencia, acoso y problemáticas relacionadas con la masculinidad tóxica que habita el mundo del tatuaje”, relata la investigadora.

Además, las mujeres tatuadoras viven un cuestionamiento constante a sus habilidades y conocimientos como profesionales del tatuaje. Tienen que negociar su papel dentro de la industria y para ello desarrollan mecanismos de resistencia.

De acuerdo con la antropóloga, cuando las tatuadoras se enfrentan a personas que

ponen en duda su capacidad para hacer un tatuaje, sean clientes o colegas, tienen una reacción asertiva y a veces agresiva.

Las denuncias de casos de violencia de género en estudios son nulas y tampoco constituyen una medida que se lleve al espacio digital en el contexto español, pero sí hay intentos de prevenir a otras personas. Varias clientas le han compartido a a Julia Pérez que se dedican a advertir a otras mujeres en la industria o personas que desean tatuarse sobre tatuadores agresores.

Persiste una resistencia, un miedo a decir: “sí, como mujeres tenemos que pelear por ocupar un espacio, porque nuestra presencia siempre está en entredicho”.

A cambiar el estado de las cosas ayudaría, dice la antropóloga, que los hombres se obliguen a informarse y educarse sobre las maneras de hacer una práctica respetuosa con mujeres y personas con cuerpos no normativos.